Mi camino
como astrólogo
Pt. 1 - S.XX
Empecé a sentir curiosidad por la astrología desde niño, a finales de los 70, cuando, rumbo a la escuela, escuchábamos en el carro los horóscopos narrados por Esteban Mayo, con su voz suave, poética, profética y compasiva. Un día le pregunté a mi mamá cuál era su signo (era Piscis) y cuál el mío (Virgo). Durante mi infancia, mi mamá estudiaba psicología y psicoterapia freudiana, así que crecí familiarizado con conceptos como la interpretación de los sueños, el lenguaje del subconsciente o aquel de que "la infancia es destino". De mi padre aprendí el gusto por la lectura, en particular por la historia, la ciencia ficción y la fantasía.
La astrología siempre estuvo presente en mi hogar. La encontraba mientras leía los horóscopos en el periódico Excélsior, tumbado en la alfombra de la sala, entre la cartelera de cine y la sección deportiva, o en las cajetillas de cerillos Talismán, que todavía hoy traen el signo zodiacal. Mi niñez, en los 80, transcurrió entre películas de fantasía y aventura, y juegos de computadora, donde la magia era una constante. Jugaba Dungeons & Dragons, y mi personaje era un clérigo que aspiraba a convertirse en druida. Mi amigo y Dungeon Master, Cuauhtémoc Ramírez, era parte del linaje de un personaje de la historia de México del siglo XIX: Ignacio Ramírez, alias "El Nigromante". En la familia de Cuau, cuyo padre se dedicaba a la bioenergética, era común platicar en la sobremesa acerca de conceptos alquímicos como la teoría de los cuatro humores y los cuatro temperamentos: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico.
Ya en los años de mi tardía adolescencia y mis tempranos veinte, viví una temporada en Londres y esa estancia me acercó a la cultura folclórica de los monolitos de Stonehenge, el misterio de Avalon y Glastonbury, los duendes, las hadas, el hombre verde, la wicca y los ritos paganos. Al regresar a México, en los 90, mantuve ese misticismo y profundicé en mi espiritualidad, ya fuera mediante el yoga y el budismo o explorando los lugares sagrados del país. Por entonces trabajaba en tiendas de discos, estaciones de radio y la industria musical, y muchos de mis amigos en la universidad seguían caminos similares, siempre en búsqueda de los secretos de lo oculto. Curiosamente, a partir de mi grupo de amigos, acabé juntándome con una banda de rock celta llamada Druidas, cuyos integrantes también jugaban Dungeons & Dragons y hablaban apasionadamente sobre temas místicos.
Recuerdo que fue en esa década cuando empecé a internarme en el budismo. Me gustaba celebrar mis cumpleaños en un restaurante hindú en San Ángel, La Casona del Elefante, y en el piso de arriba de ese lugar se reunía a sesionar uno de los pocos grupos de astrólogos del siglo XX en México, bajo la batuta del pionero Luis Lesur; en esa misma casona también se fundaría la rama mexicana de la NGCR, la National Council for Geocosmic Research. Pero en ese entonces, yo no lo sabía. Me habría gustado ser parte de esas sesiones, pero aún me faltaban varios años para realmente formarme como astrólogo.
En 1996, mientras estudiaba Ciencias de la Comunicación, tuve una clase de psicología con el maestro Juan Luis Brusi. Fue ahí cuando mi panteón de psicología cambió por primera vez: Carl Gustav Jung desbancó a Sigmund Freud. Comencé a estudiar los arquetipos, el inconsciente colectivo y el viaje de la psique. Brusi, si no mal recuerdo, se declaraba abiertamente Piscis y en el aula normalizaba hablar sobre astrología y tarot.
A finales de ese mismo año, mi amiga Laura Gamboa –hoy CosmoLau–, con quien compartí la clase de Brusi, me llevó hacia la astrología de una manera más estructurada. Ella, Capricornio, me prestó el libro Love Signs de Linda Goodman, un clásico –tal vez un poco corny– de la astrología contemporánea. Algo en ese libro resonó muy profundo en mí respecto a la validez de la astrología y las ciencias detrás de ella. Entonces, leí mi primer libro sobre el tema, La astrología como ciencia oculta de Óscar Adler, y mi primer libro de tarot, The Secrets of the Tarot de Bárbara G. Walker. Una lectura esencial para entrar a una percepción de realismo mágico fue, indudablemente, Psicomagia, de Alexandro Jodorowsky.
Laura me invitó a las sesiones que el astrólogo Javier Betancourt llevaba a cabo los viernes por la tarde en su departamento de la colonia Del Valle. Fue ahí donde dimensioné que la astrología no se trataba sólo del signo solar, sino de una compleja serie de influencias planetarias ligadas a la mitología, en un linaje de conocimientos que se remontaba a siglos y civilizaciones anteriores. Ahí aprendí de alquimia, hermetismo, mitología y orfismo, mientras lo relacionaba con la actualidad e incluso con la cultura pop, cuando escuchaba cómo Javier analizaba, por ejemplo, la carta de cineastas como David Lynch o Jim Jarmusch.
Javier fue el primero en leer mi carta astral y en revelar cuestiones que aún hoy resuenan en mí, como los beneficios de la jardinería (dado mi Marte en Tauro en casa 6, en trígono abierto con mi Sol en Virgo) para balancear mi Luna de aire en Géminis que tiende a vivir en lo intelectual. Asistí a las sesiones con Javier todos los viernes de 1997 y parte de 1998.
Poco después, yo mismo decidí atreverme a interpretar cartas. En 1998 (hace tanto, pero a mí me parece que fue ayer) hice mi primera lectura de una carta astral a una chica que llegó a mí por recomendación de una amiga. ¡Ni siquiera recuerdo qué fue lo que interpreté! Lo que sí recuerdo es que quedó tan contenta que me pagó con un pequeño cuadro pintado por ella misma. También tengo un recuerdo muy vívido del Mundial de Francia 1998. Estábamos en una casa de campo en Tequesquitengo, y aquel sábado 13 de junio, después del juego de México contra Corea (que había empezado muy temprano en el día), junto a la alberca, me puse a platicar de astrología con un grupo de adolescentes y sus mamás. Cuando me di cuenta, estaban todas arremolinadas a mi alrededor, pidiéndome que les hablara de sus signos y compatibilidades. Entonces me di cuenta de que quizá tenía una facultad para esto.
En mis últimos semestres en la universidad, conocí a la doctora Julia Palacios, que es hoy una buena amiga mía. Ella se había hecho famosa en los 80 porque fue de las primeras en tener un programa de difusión de astrología, “El espejo de Venus”, que se transmitía en Radio Mil AM, y porque en los 90 hablaba de astrología en el noticiario matutino de TV Azteca. Julia trabajaba en el departamento de Historia y llegué a ella para que fuera mi asesora de tesis, ya que mi tema era la astrología y los medios de comunicación. Yo imaginaba una sociedad utópica en la que, a partir de la astrología, se pudieran orquestar las decisiones políticas, los contenidos mediáticos y la vida social, de manera que todo fluyera en comprensión con los ritmos del cosmos. Visualizaba unos medios con responsabilidad espiritual; una especie de minarete mediático cuyos llamados informaran constantemente a la población sobre sus quehaceres y motivos. Pero yo era muy indisciplinado y tenía miedo a los textos de largo aliento, atemorizado por dos tesinas de 20 páginas que me llevó hacer sendas madrugadas en el CCH, influido por la profesión de mi madre: una sobre la interpretación de los sueños y otra sobre la infancia es destino, precisamente.
En realidad, con Julia nunca pasé del marco teórico. Me salvó la campana, porque entré a trabajar a Radioactivo 98.5 y dejé la tesis inconclusa. Afortunadamente, la universidad ofrecía una opción para titularse sin tesis. Pero eso no me salvó de mi dharma en la astrología, el cual sigue vigente y, curiosamente, tiene a Julia Palacios como una de mis principales, si no es que mi principal mentora.
Mi ingreso a la radio en otoño de 1998 me llevó a "encapuchar" un tanto la astrología para dar paso a mi persona radiofónica, que nunca dejó de brillar con un resplandor esotérico. En un ambiente muy bully y machista, característico de aquella estación y de su época, empezaron a ponerme motes curiosos como el "Patrullero Poeta". De hecho, escribí el guión para el juguete radioactivo del "Poeta Maldito de Bolsillo", basado en una especie de muñeco de ventrílocuo poseído por un poeta beatnik.
Me movía en los espacios marginales de la radio, y siempre aportaba un toque sensible, mágico o esotérico. El 12 de diciembre de 1999, organicé una peregrinación a la Villa de Guadalupe, donde aproveché la "Patrulla Radioactiva" para jalar a un séquito de fieles radioescuchas a caminar hacia la basílica en señal de agradecimiento por haber conseguido mi primera chamba en la radio profesional. Este acontecimiento, inusual y surrealista, rompió esquemas en una estación tradicionalmente rockera. Quizá desde entonces se me atribuye, o me atribuyo yo mismo, esta faceta entre pastoral y chamánica.
Ahora, en retrospectiva, al limpiar unos papeles en 2025, descubrí que conservo las fechas, horas de nacimiento y cartas natales de algunos compañeros de Radioactivo y de la industria musical, entre ellos, la de mi compañero de equipo en el área de Promoción, Francisco Alanís "Sopitas", quien ahora –casi tres décadas más tarde– es una celebridad mediática en el internet mexicano. Es decir, ya desde 1999 estaba yo muy metido en eso de levantar las cartas natales de las personas a mi alrededor, con toda la intención de interpretarlas.
"La mayor libertad que tenemos no es la libertad de cambiar nuestro horóscopo, sino la de cambiar el nivel en el que lo manifestamos."
— Robert Hand
Mi camino
como astrólogo
Pt. 2 - S.XXI
Cuando entré a los medios, tuve que aprender a dosificar la astrología. Atrás quedaban los 90 de exploración mística, donde mi intensidad me llevaba a relacionarlo todo con los astros de forma obsesiva. Me di cuenta de que para ser un profesional confiable, tenía que bajarle los watts y no dar la impresión de que vivía en las nubes. Comencé a ver la astrología como un arma muy poderosa que no debía desenvainarse a la ligera. Era como Ícaro: sabía que este conocimiento podía darme alas, pero también sabía que si me acercaba demasiado al sol, podía caer. Se necesita construir un buen par de alas para llegar allá arriba, pero si no las muestras en el contexto correcto, fácilmente te pueden tachar de ser un forever. Por eso, en la primera década de los dosmiles, mi inclinación pública hacia la astrología se volvió más discreta. Nunca se extinguió.
Así que, a principios de los dosmil, mientras trabajaba para Ibero 90.9, preferí revelar el misterio de la astrología sólo cuando fuera necesario. Ya no necesitaba conocer los signos zodiacales de cada uno de mis colegas, pero si había un pastel de cumpleaños en la oficina, yo anotaba: ¡Ah, estamos celebrando a los libra del trabajo! Ahora todo tiene sentido. Y sí, a partir de eso, comenzaba a tratarlos según su signo, observaba sus comportamientos y encontraba patrones comunes.
Yo conducía un programa de radio en el cual entrevistaba a músicos que venían a tocar en vivo al estudio de la estación. El show se llamaba Clickaporte y corrió durante los casi 14 años que trabajé ahí; no exagero si digo que entrevisté a más de 300 artistas y bandas. Entrevistar era algo muy natural para mí, y ahora se lo atribuyo a tener una parlanchina Luna en Géminis, que tangibiliza las emociones en palabras, y ama el contacto intelectual, por tanto, este es el mismo atributo que me hace disfrutar tanto dar consultas de carta natal frente a frente. La astrología se convirtió en un recurso infalible durante las entrevistas, fuera para romper el hielo o para ir más profundo en la psique de los artistas. Me gustaba tratar sobre el balance de signos y elementos entre los miembros de las bandas o desglosar el significado profundo de alguna canción que tuviera referencias mitológicas. La radio permite evocar por medio de la palabra, y encontré en la astrología una vía para empatizar y embelesar a los radioescuchas mediante la imaginación, a la par que revelaba a los músicos aspectos de ellos mismos que ni siquiera imaginaban.
Para 2010, llegó el momento de casarme. Mi ahora esposa y yo debíamos encontrar la fecha más auspiciosa para la boda, y consultamos con Julia Palacios, mi amiga y mentora, con quien volví a coincidir en Ibero 90.9. Tras observar las cartas natales de la novia y el novio, y el cruce de sinastría entre estas, Julia nos dio un par de fechas y horas inamovibles, ya que, por ejemplo, Júpiter estaba en el ascendente en una de las cartas, y eso era un gran augurio para asegurar la suerte y la abundancia en la pareja. Y ahí estábamos, hablando con la gente del registro civil, pidiéndoles que nos atendieran en una hora fuera de su servicio burocrático, bajo indicaciones de la astróloga. Y ahí estábamos, también, comenzando la boda a las 4:45 p.m. de un sábado, y citando a los invitados a presentarse estrictamente a esa hora. No antes, no después. Y bueno, tal parece que la “astrología eleccional” que nos preparó Julia funcionó: ella misma fungió como sacerdotisa dentro de un círculo neopagano de piedras y pétalos de rosas. La gente estaba sumamente conmovida por la originalidad en la ceremonia, y más allá de eso, ya vamos para 16 años de casados, y no nos podemos quejar de nada: pura felicidad. Cosas para lo que sirve la astrología: elegir la fecha, hora y lugar propicios para casarse.
Julia se volvió una especie de madrina con la que siempre podía acudir al backstage de la astrología, para descifrar algún tema que ocurriera allá afuera, en el mundo, fuera alrededor de un personaje o de un suceso. En la radio no platicaba con Julia de rock, sino de arcanos, decanatos y el zodiaco. Y la amistad se perpetuó hasta el final de los 2010. Justo durante el boom de los podcasts en Spotify, la plataforma para la cual yo curaba música, intenté persuadir a Julia para que virtiera su conocimiento y carisma en un programa de radio distribuido on demand. Recuerdo que mi esposa, Julia y yo nos fuimos un día de febrero del 2020 a desayunar a la ahora extinta Trattoria de la Casa Nuova, también en San Ángel. Y en ese desayuno, convertido en brunch, intentamos bajar los elementos necesarios para hacer dicho podcast de astrología. Pero la geopolítica tenía otros planes para nosotros, y un virus desatado en Asia, poco a poco se convirtió en una verdadera amenaza.
Una buena tarde de viernes de abril del 2020, nos conectamos con Julia para hacer lo que se hacía en pandemia: acortar el temido distanciamiento social mediante una videollamada por Zoom. Yo seguía terco con el podcast, pero también se estaban poniendo de moda los Instagram Live, que permitían que dos personas se conectaran en tiempo real ante una audiencia para chismear o exponer sobre algún tema. Era el tipo de entretenimiento en los tiempos de Covid–19, en el que nos inventamos obras de teatro en pantalla, se vino el boom de Uber Eats, y bueno, la gente estaba muy aburrida, asustada, confundida y en busca de respuestas y esperanza.
Se nos ocurrió decirle a Julia: Mira, métete a Instagram, le picas acá para ponerte a transmitir, y me das acceso para que yo te acompañe al aire. Improvisamos como quien está en un programa de radio en vivo y nos pusimos a explicar acerca del stellium en Capricornio de puro planeta pesado, atribuyéndole a la conjunción entre Júpiter, Saturno y Plutón la principal razón por la que, literalmente, la cosa estaba fría, dura y aterradora. La audiencia se comenzó a sintonizar por docenas, y nos preguntaban: ¿Cada cuándo hacen este programa?, como si se tratase de algo que lleváramos haciendo desde hace mucho tiempo. Y dada la aclamación del público, les dijimos que nos veíamos al siguiente viernes, alrededor de las 8 p.m. Y el siguiente viernes. Y el siguiente. Así nacieron las “Charlas cósmicas”, y con ellas, la “banda cósmica” de personas que religiosamente acudieron a estos lives durante más de dos años ininterrumpidos de pandemia y postpandemia. Hoy en día, Julia y yo nos seguimos conectando a las charlas cósmicas cada 14 días, cada luna nueva y luna llena, para explicar los tránsitos del momento, las efemérides astrales, y para revisar alguna que otra carta de una celebridad en tendencia. Ya no lo hacemos con la religiosidad y la urgencia de la pandemia, pero intentamos ser frecuentes, aunque se nos cruce la vida.
Estar a cuadro cada semana hablando de astrología comenzó a ser una exigencia que me llevó a prepararme y documentarme mejor: había una audiencia cautiva escuchándonos y abierta a recibir información y conocimiento de nuestra parte. Compartir micrófono con Julia Palacios fue una escuela activa en la que yo podía decirle mis dudas e hipótesis, y aprender de su sabiduría: finalmente, ella había estudiado a finales de los 60 en la Gran Fraternidad Universal Rosacruz; y posteriormente se internó con astrólogos estadounidenses, que habían estudiado con Liz Greene y Stephen Arroyo. Ya en los 80, aprendió de astrólogos pioneros en México como Américo Larralde, además de ser contemporánea de Luis Lesur. Compartir con Julia era acudir a un gran linaje de célebres astrólogos.
En la pandemia se dio también el auge de los astrólogos millennial en Instagram, TikTok y YouTube, y seguí vorazmente todas las cuentas que pude; comencé a comprar compulsivamente libros de astrología por Amazon, y además de seguir mi trabajo corporativo en Spotify, por las noches tomaba los talleres en línea de José Manuel Redondo (alias Capulus), que es doctor en filosofía antigua por la UNAM, y además, amigo desde mis épocas universitarias (solo que él es astrólogo profesional desde mediados de los 90). A él le debo muchísimos conocimientos sobre cómo interpretar una carta desde la tradición helenística. Cuando acababa un curso con él, me metía a otro, y así me inscribí a clases sobre Saturno, astrología eleccional, horaria y mundana, los misteriosos dáimones, los planteamientos de Ptolomeo, técnicas para hacer profecciones y retornos solares, etc. José me ayudó a llevar mi práctica de astrología a otro nivel, y es muy impresionante que él mismo haya tenido como maestros a leyendas como Robert Zoller, al ya mencionado Luis Lesur, y al cabalista Shimón Halevi. Fue gracias al doctor Redondo, en una serie de mentorías personales que le solicité para resolver dudas específicas, que leí a Demetra George con Astrology and the Authentic Self: Integrating Traditional and Modern Astrology to Uncover the Essence of the Birth Chart.
La postpandemia trajo consigo una “cursitis” en línea. Ya no había vuelta atrás: me metí a cursos con Walter Anliker, suizo radicado en México. ¡Qué maravilla estudiar astrología con alguien proveniente del país de los relojeros! La astrología mide los relojes del cielo: los planetas y sus distintas velocidades son las manecillas. Estudié también con mi querida Dominique Peralta, a quien yo escuchaba desde que estaba al micrófono en Rock 101, y a quien hoy considero mi amiga cercana. Desde Oregon, me apasioné por el estilo de Cristina Farella, a.k.a. Eight House Astrology, y su estética de arte, mitología, poesía (mitopoética) y la ligera didáctica con la que toma el lenguaje de los creadores de contenido de redes sociales para explicar la astrología de modos súper accesibles, pero no menos elegantes. De ella recuerdo con cariño un curso sobre Quirón, el Sanador Herido.
También me dio por leerme la carta con todos los astrólogos posibles: además de Julia, José Redondo, Ursula Stockder, Dominique y Walter, me fui a lo internacional con Cristina Farella, Rachel Lang, Lucy Collins (Star Portrait Astrology), y el gran Maurice Fernandez, autor del libro Neptune, the 12th house, and Pisces: The Timelessness of Truth. Conocer mi carta desde todas esas miradas, escuelas y estilos me ayudó a profundizar en mi carta, y a comparar distintos estilos de dar consulta. Como en una parábola sobre los ciclos de la vida, regresé al taller semanal de astrología de Javier Betancourt, a más de dos décadas de haberme internado bajo su guía en la astrología de una manera formal.
Muchos de los que escuchaban las Charlas Cósmicas me escribían para pedirme una lectura, decían que les gustaba mi estilo. Y entonces se volvió inevitable. En julio de 2023, mi terapeuta me invitó a dar una ponencia de Introducción a la astrología a un grupo de estudiantes en México y España. Y ahí estaba yo, dando cátedra sobre algo que me apasionaba, pero que comenzaba a cobrar formalidad. Recuerdo que también en 2023, le pedí a Julia que me ayudara a leer en línea la carta de una amiga acuariana, mientras yo la acompañaba en la sesión. Y así me solté. Comencé a aceptar las peticiones. Primero hice una lectura en persona en el patio trasero de un café en la Roma Norte. Pero era muy ruidoso y había mucha gente parando oreja. Luego comencé a recibir a personas cercanas en mi departamento. Pronto empezaron a llegar personas no tan cercanas, y ya no estaba bien meterlos a mi casa, y además corrían el riesgo de pasarse de cariñosos con uno de mis dos gatos, el temible Kimchi, un Aries regido por el candente Marte, que podría no sentirse muy receptivo a los mimos, sino todo lo contrario. El otro gatito, Pánfilo, es Piscis, y le da por hacerse invisible de timidez cuando llegan las visitas, así que él no era un riesgo. Pero no podía seguir con las consultas en casa. Por eso, mi esposa me empezó a prestar su pequeño estudio, que ahora ya puedo llamar mi consultorio. Mi primer consultorio.
En 2025, después de 7 años y medio de labor, llegó a su fin mi estancia en Spotify, sumados a más de 33 años en la industria de la música, entre radiodifusoras, periodismo, DJ, supervisión musical y locución comercial. Y aunque la música sigue siendo mi pasión y un cuerno de la abundancia o una “lote de la fortuna”, en términos astrológicos, es en este año de reinvención e individuación (como la describiría Carl Gustav Jung) cuando decidí poner al frente la astrología.
No es un passion project ni un hobbie, sino algo que hago profesionalmente: amo hablar e interpretar los signos en las cartas, ayudar a las personas a orientarse y descifrar su cielo interior. Amo la diversidad de consultantes y los retos que cada uno trae consigo. El tiempo pasa rápido cuando te estás divirtiendo, y puedo hacer esto durante varias horas, todo el día, (casi) todos los días. Sueño con astrología, descifrando aspectos y planetas. Es un entusiasmo imparable. A la fecha, ya he atendido a más de 100 personas, y varias de ellas han regresado no una, sino hasta cinco o seis veces. He visto cartas de niños, he recibido adolescentes, y también personas de la tercera edad. He regalado sinastrías a recién casados. He visto en línea a gente en España, Estados Unidos, Canadá, Colombia, Italia y Rusia. La astrología es un rabbit–hole, y siempre hay más cosas que aprender.
Quiero llevar la astrología a la terapia, y convertir el espacio de consulta, más que en un despliegue intelectual sobre simbología, mitología, astronomía y matemáticas, en un lugar de contención y sanación, un espacio terapéutico que realmente ayude a dar una guía y orientación a las personas; donde se parte del oráculo y la lente de la astrología, pero se intenta llegar a lo más profundo de la pasión humana, para intentar orientar casos de la vida real.
Ser astrólogo es un acto quijotesco. Decir “soy astrólogo” sigue siendo tabú, me expongo a “debunkers” (descalificadores) y escépticos que prefieren el pensamiento científico (¡yo no descalifico el pensamiento científico!). Sin embargo, en este mundo pragmático, capitalista y racional, a menudo descartamos la espiritualidad, tendemos a creer que lo que no se puede comprobar, simplemente no es real. Por eso, mi faceta docente me impulsa a realizar cursos, talleres y encuentros con grupos de trabajo en empresas abiertas a integrar la astrología como un recurso humano. Estoy convencido de que la astrología es una herramienta de transformación, y me preparo para expandir este conocimiento a través de talleres y cursos en línea, invitando a más personas a explorar su propio universo.
Con cada consulta, cada taller y cada charla, busco nuevas formas de iluminar el cielo interior de quienes confían en mí. Este camino, que comenzó con una curiosidad infantil, y que se ha convertido en una manera de explicar mi vida y mi mundo, hoy se consolida también como mi propósito: guiar y sanar a través de la observación ancestral de los cielos, y su relación con los patrones y acontecimientos en la Tierra. Así, quiero construir puentes entre el cosmos y la vida cotidiana, y preparar el terreno para las nuevas generaciones de traductores del lenguaje simbólico del cielo, bajo la máxima: “Como es arriba, es abajo; como es afuera, es adentro.”
Este recorrido, este viaje del héroe, o más bien, viaje del mago, está marcado por encuentros con maestros y maestras, aprendizajes, revelaciones, epifanías y sincronicidades, y me ha enseñado que la astrología es mucho más que una superstición o un acto adivinatorio: es una brújula para la vida, y mi mayor anhelo es compartirla para que otros también encuentren su norte.
En un mundo que a menudo olvida la magia y la conexión con lo trascendente, la astrología nos puede mostrar esos relojes que, sutilmente, hacen tic-toc y marcan nuestros distintos momentos y etapas en el viaje de la vida. Y quizás ser astrólogo sea algo quijotesco, pero es ahí donde reside la verdadera aventura: develar los misterios de la astrología para comprender y darle un apoyo, una guía simbólica a la diversidad de personas a quienes ofrezco mi servicio.
"El amor es siempre una magia. Pero la magia funciona mejor cuando entiendes las leyes de la naturaleza. El Fuego no puede calentar el Agua sin ser extinguido, a menos que haya respeto por la distancia. La Tierra no puede sostener al Aire, pero puede dejar que el Aire la acaricie."
— Linda Goodman (sobre sinastrías y relaciones)

